Sabina
Y su muerte fue mucho menos poética.
No fue una tarde otoñal en Lisboa.
No se esfumó, ni hubo misterio.
No se encontró el profesor con su piso vacío.
Se murió de a pocos,
pidiendo auxilio,
luchando incesate.
En una profunda tristeza,
con ojos de presa acorralada.
Sin escapatoria, sin saber luchar.
Y yo deseando que el peso entero de la venganza
cayera sobre su asesina.
Pero a qué
realmente a quién.
cómo.
Si la matamos entre todos
y se mató ella sola.