Nómada
Una vez más me lleva una ola a asentarme en un nuevo lugar. Son olas que me mueven entre países cada 4 o 5 años. Desde que tengo memoria, mi entorno, mi realidad, se reinicia cada 4 o 5 años. Todo lo que construyo, a quienes conozco, a quienes aprendo a amar, todo cede ante el nuevo mundo, las montañas que vienen.
¿Será por eso que me cuesta conectar profundamente? ¿Que me lleva tanto trabajo bajar la guardia, dar un paso atrás, disfrutar de lo que tengo y dónde estoy? ¿Será por eso que en el momento en que conozco a alguien con quien conecto, alguien que me escucha y que me genera la ilusión de que me puede entender, llego a obsesionarme como Castel en su túnel?
Ahora que estoy mayor, y tan sólo como puedo estar, ¿será mi propia culpa el seguir siendo nómada? ¿O se trata de una ansiedad grabada en el alma, de un cambio constante y paradójico, de una fuerza tan sobre natural como el huracán que arrastra o la ola grande cada siete olas pequeñas?
Me pregunto cuánto seguiré migrando, cuánto más estaré moviéndome. Me pregunto si en algún momento lo disfrutaré, si seré feliz viviendo así, o si intento quedarme en cualquiera de las islas desiertas que esté naufragando, será refugio suficiente para mí. Para un ser que no conoce más que la incertidumbre, o más precisamente: un compromiso con pronto fin tácito.
A veces quisiera nacer de nuevo. Dejar mi maleta enterrada en la arena, entrar al mar y que una última ola me lleve a una nueva isla. Una isla en la que sea absolutamente libre de todo; libre de mi bagaje, libre de los demás, libre de buscar mi identidad. Ser sólo lo que mi instinto marca, y no verme reformulándome, no sabiendo formarme como algo sólido. Sintiéndome ajeno a todo, parte de nada, sin ninguna identidad.
Ni siquiera un verdadero nómada.