Cuando hablo con el viento
Me gusta el viento que sopla en la loma,
que trae consigo una sal carrasposa,
evocadora de un mar casi inimaginable:
dulce, cual mentira de mujer.
A veces hablo con los peces que vuelan
acompañando las gaviotas que pescan,
víctimas sin vicio de su rol.
Otras veces me embriago del placer
que alguna solitaria flor desesperada
cede sin mirar dos veces
a quién apuesta su noche.
En el hueso de la verdad leo
que estoy sólo.
Sólo como sólo se puede estar
entre tanta vida ajena.
Y si me gusta estarlo,
y hablar a Soledad como a mi mejor amiga
entender sus miedos, el por qué no me quiere dejar
saber de dónde nace lo que ella ama, por qué a mí.