La vida en la ciudad es un balcón
La vida en la ciudad es un balcón. Una tierna soledad, rodeada de vidas ajenas, que pasa desapercibida. Cercana al mundo y al mismo tiempo alienada por un flojo barandón. Tan propia como ajena y tan invisible como casual. Es incesante como es turbulenta. Y si te detienes a mirarla en un segundo te ves envejecer.
Está el paraíso tan cerca que nunca lo ves. Está la meta tan lejos que te asomas con riesgo de caer. Todo tiempo personal es desperdicio y toda actividad te priva de tí mismo.
Se asume lo que no se vuelve a ver y se cuenta con lo que no se tendrá mañana. Sin seguridad de nada, de nada más que el flujo no para.
Ni el hacer satisface, pues nunca termina, ni el no-hacer descansa, pues pierdes la carrera.
Los buenos hábitos son un privilegio, la salud no la merecemos.
El otro es nuestro enemigo, un invasor, observador, un peligro. Pero también es vacío, frío e ignorante.
Nuestros amigos existen sólo cuando visitan nuestros balcones; y en un segundo se esfuman.
Y si llenas tu balcón de plantas y flores, llama la atención de los envidiosos, quienes creen que hay dicha en tu vida. Mas no conocen el cuidado, el riego y la botánica que te pide tu simulación de jardín.
Del diccionario se rasgó la página de la palabra comunidad, porque justo le precede la de comodidad.
Pero estoy bien, pues en el balcón puedo fumar.