Don Jose, el andalú

Los que me conocen saben que no soy para nada extrovertido. Prefiero estar sólo escuchando música o leyendo algo antes que enfrentarme a la incomodidad de hablar con desconocidos. Pero para mi desdicha, cuando hablo con alguien, suelo dedicar toda mi atención a la persona, y me involucro absolutamente en la conversación; lo que hace que a muchas personas sí les guste conversar conmigo.

El caso es que, al poco tiempo de llegar a vivir a Barcelona, cuando aún tenía en mí toda la ilusión de alguien que se encuentra sólo por primera vez en ese nuevo lugar fantástico y desconocido, me fui de viaje en tren a Bilbao. Mi asiento estaba al lado del pasillo, acomodé mi ligera mochila por encima del asiento y me senté. A mi lado se encontraba un señor, aparentaba unos 70 u 80 años, quien me ofreció cambiar su asiento con el mío para tener facilidad de ir al servicio sin molestarme. Yo le agredecí, cambiamos de asiento y por amabilidad me dejé los audífonos colgando del cuello, como intuyendo que tenía algo para contarme. Y en efecto, me contó.

Volvía a Llorio, un pequeño pueblo al norte de España. Había estado de visita de su hermana en Barcelona, celebrando las fiestas de La Merced. Estaba contento, bien de ilusionado por ver las aves de la ciudad, y los gigantes elefantes de cemento al lado de un lago en un parque de cuyo nombre no supo recordar. Orgulloso, me mostró fotos de su visita, de su familia y de lo que le impresionó de la ciudad. Orgulloso también estaba de su teléfono celular, con pantalla de alta calidad, que no dudó en poner a prueba buscando videos de 4k en internet. Diose el caso de que el video que puso era de Costa Rica, y nunca supe si lo hizo a propósito o si fue una graciosa casualidad. Me mostró también su música favorita, que para mi sorpresa era música el reggeatón de Karol G. También disfrutaba de música vieja, pero lo que más vimos fueron videos de Karol G moviendo el culo y la canción Despacito de Luis Fonsi arrancándome las ganas de vivir. Vimos también videos futuristas, sucesiones de imágenes generadas por inteligencia artificial de cómo sería el futuro.

Jose trabajó toda su vida en el campo, desde muy joven se mudó a Bilbo para trabajar. Era leñador, y me explicó cómo se hace para cortar un tronco de un árbol. Desde la técnica para tirarlo abajo usando un hacha, hasta cómo quitarle las ramas para cargarlo en los camiones. Me contaba de las heridas que habían dejado sus años de duro trabajo; cómo las rodillas le dolían y sentía los brazos cansados. Su padre fue el que le enseñó a trabajar duro, a ser fuerte y resiliente. No le pregunté cómo se llamaba su padre.

Actualmente Jose vive sólo en un apartamento alquilado. Compra sopa en bolsa de una mujer de la vecindad y la descongela para cenar. Recibe una pensión y se aburre viendo la televisión. Me pareció entender que no tiene nadie con quien hablar. Que nunca tuvo pareja ni hijos, que la única familia que le queda es su hermana que vive en Barcelona y que visita una o dos veces al año, cuando ella le puede enviar dinero para el pasaje. Me ofreció un sandwich y una fruta que llevaba, pero no podría haber aceptado sin sentir que quitaba a quien no tenía nada qué comer.

Un par de veces le interrumpí porque me sentía mareado de viajar en tren y prestar atención a la conversación. Y aunque no pareció ofenderse, tampoco pareció entender que yo necesitaba un poco de silencio. Lo último que me contó fue de las veces en que, haciéndose de noche en el monte, él, con sus propios ojos, había logrado ver luces en el cielo. Luces que se movían erráticamente, silenciosas pero definidas. Me aseguró que no era ni un helicóptero ni un avión, y que tenía evidencia del suceso. El video que mostró no mostraba más que un punto de luz en un fondo crepúsculo azulado; no ví ningún movimiento por no haber punto de referencia en el video, pero no quise decirle nada al respecto. Me contó que cree fielmente en ovnis y extraterrestres, y que él mismo ha visto cosas en el cielo que no se puede explicar. Y me pregunté yo qué se podrá él explicar.