Extranjero

Nunca me he sentido más costarricense que en el extranjero. Con más de 20 años de vida he vivido acaso 10 en mi país. Y al mismo tiempo que no me siento como un verdadero costarricense en mi propia tierra, cuando estoy en tierra ajena, me acojo al retatro de mi patria perdida.
No entiendo si es mi forma de hallar identidad en donde ya no la tengo, o si es el reflejo de lo que los otros ven en mi, sin comprender que me siento tan extranjero en Costa Rica como lo soy en su país.
Me llama la atención saber si es normal sentirse así cuando se cambia de hogar cada cierto tiempo, cuando se es constantemente nuevo, constantemente desconocido. O si soy sólo yo, que no he sabido tener identidad.
Durante mi última estancia en Costa Rica aprendí amar partes de ésta que nunca había conocido, y llegué a sentirme cómodo y feliz; pero ajeno. Ajeno a la historia, ajeno a la cultura, ajeno a todo. Me sentía como un náufrago que aprendió a amar a su isla, pero en lugar de un hogar, era un refugio. Y sabía, o esperaba, que todo iba a ser temporal; que el viento volvería a soplar y a llevarme lejos, esta vez más allá del atlántico.
Y ahora que lo que más extraño en todo el mundo es esa tierra en la que me sentía ajeno… otra de mis historias de amor más, que, al igual que siempre, oscila entre la impertenencia agobiante y la ausencia desoladora. Y yo que, igual que siempre, sigo sin saber cuándo o cómo estar feliz.